La inteligencia resuelve los problemas y produce dinero

«La inteligencia resuelve los problemas y produce dinero», afirma con acierto Robert T. Kiyosaki en Padre Rico, padre Pobre: Qué les enseñan los ricos a sus hijos acerca del dinero, ¡que los pobres y la clase media no! Es una obra que recomiendo leer sobre todo a quienes cuyo principal deseo sea convertirse en millonarios, pero también a cualquier otra persona porque, sin que esa sea la meta de su vida, aprenderá a evitar los problemas financieros.


Kiyosaki trata esta cuestión desde una perspectiva práctica, sencilla pero efectiva. Sin embargo, lo más importante es que, a nivel ideológico, contribuye también a cambiar el modo en el que suele entenderse erróneamente la riqueza: no son las propiedades materiales sino la manera de pensar lo que hace ricas o pobres a las personas o, dicho de otro modo, cómo usan y enfocan su inteligencia. Esto coincide también con el concepto de riqueza del PDG:

«El único medio para generar riqueza material es una cualidad inmaterial: la inteligencia. […] Desde el mismo momento en el que aquel ser humano primitivo comprendió que, a través de la aplicación de su inteligencia, podía manipular y transformar los recursos en su propio beneficio, surgió también la capacidad de generar una mayor riqueza. […] Es el capital humano y no el capital material la principal fuente de riqueza del ser humano».

Comprender de manera correcta cuál es la verdadera fuente de riqueza, también es fundamental para adaptar los modelos sociales y políticos obsoletos por otros más eficientes y capaces de solucionar los problemas globales del siglo XXI. Por tanto, es un conocimiento valioso no solo para beneficio propio, sino también general.

Asimismo, y sin que contradiga lo anterior, no deja de ser menos cierto que «no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita». Esta reflexión de Buda es igual de crucial tenerla en cuenta, porque quienes tienen más dinero no significa que sean más importantes o felices que otros con menos, ni tampoco que sean más inteligentes o exitosos porque, por poner un ejemplo, ¿qué pasaría si todos sin excepción nos dedicáramos exclusivamente a los negocios? Para empezar, nuestra esperanza de vida decaería hasta situarse en torno a los 15-20 años; sin médicos ni científicos, esa es la media para un ser humano… Y es que el bienestar y progreso individual es consecuencia también de la sociedad. Como se indica en el PDG:

La cooperación entre individuos permitió que se produjera otro hito esencial para la generación de riqueza: el reparto y especialización de tareas. Cuanto más grande fuera el grupo, mayor sería la cantidad de recursos que podría gestionar, facilitando al mismo tiempo que sus integrantes pudieran enfocar su inteligencia a un sector en concreto y, de este modo, propiciar innovaciones que repercutirían en el progreso de todo el conjunto.

No se debe medir, por tanto, el éxito y la riqueza de las personas exclusivamente por criterios financieros, ni tampoco por encima de otros igual de importantes y necesarios ―como son los sociales, políticos, científicos, artísticos, sanitarios o humanitarios, por citar solo algunos―, ni mucho menos la felicidad, ya que es una emoción y no un objeto. En este punto, sí discrepo bastante del padre rico de Kiyosaki. Cada uno tiene su propio camino hacia la realización personal: ni todos los millonarios son felices, ni todos los asalariados desdichados. Pero, lo que sí es innegable, es que la principal fuente de riqueza del hombre es su inteligencia. Y de su felicidad, me atrevería a decir que conocerse a sí mismo, como descubriría Nair en el oráculo de Delfos.

La cenicienta - Perrault


Desde ayer, está disponible la reedición en DVD de otro de los clásicos de Disney, con imágenes inéditas y mejoras en el sonido y la animación. Se trata de La cenicienta, película basada en el afamado cuento de mismo título del escritor Charles Perrault.


Sin duda, una nueva y magnífica oportunidad para acercar a l@s niñ@s los mundos de fantasía de las grandes obras universales mientras todavía no saben leer; no hay que olvidar que la lectura requiere un aprendizaje, pero sabiendo que en los libros les esperan historias tan fascinantes como ésta, no me cabe duda de que intentarán aprender cuanto antes para conocerlas.

LA CENICIENTA - Charles Perrault


Había una vez un gentilhombre que se casó en segundas nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa que jamás se haya visto. Tenía dos hijas por el estilo y que se le parecían en todo. El marido, por su lado, tenía una hija, pero de una dulzura y bondad sin par; lo había heredado de su madre que era la mejor persona del mundo.

Junto con realizarse la boda, la madrasta dio libre curso a su mal carácter; no pudo soportar las cualidades de la joven, que hacían parecer todavía más odiables a sus hijas. La obligó a las más viles tareas de la casa: ella era la que fregaba los pisos y la vajilla, la que limpiaba los cuartos de la señora y de las señoritas sus hijas; dormía en lo más alto de la casa, en una buhardilla, sobre una mísera palloza, mientras sus hermanas ocupaban habitaciones con parqué, donde tenían camas a la última moda y espejos en los que podían mirarse de cuerpo entero.

La pobre muchacha aguantaba todo con paciencia, y no se atrevía a quejarse ante su padre por miedo a que la reprendiera, pues su mujer lo dominaba por completo. Cuando terminaba sus quehaceres, se instalaba en el rincón de la chimenea, sentándose sobre las cenizas, lo que le había merecido el apodo de Culocenizón. La menor, que no era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta; sin embargo Cenicienta, con sus míseras ropas, no dejaba de ser cien veces más hermosa que sus hermanas que andaban tan ricamente vestidas.

Sucedió que el hijo del rey dio un baile al que invitó a todas las personas distinguidas; nuestras dos señoritas también fueron invitadas, pues tenían mucho nombre en la comarca. Helas aquí muy satisfechas y preocupadas por elegir los trajes y peinados que mejor les sentaran; nuevo trabajo para Cenicienta pues era ella quien planchaba la ropa de sus hermanas y plisaba los adornos de sus vestidos. No se hablaba más que de la forma en que irían trajeadas.

—Yo —dijo la mayor—, me pondré mi vestido de terciopelo rojo y mis adornos de Inglaterra.

—Yo —dijo la menor—, iré con mi falda sencilla; pero en cambio, me pondré mi abrigo con flores de oro y mi prendedor de brillantes, que no pasarán desapercibidos.

Manos expertas se encargaron de armar los peinados de dos pisos, y se compraron lunares postizos. Llamaron a Cenicienta para pedirle su opinión, pues tenía buen gusto. Cenicienta las aconsejó lo mejor posible, y se ofreció incluso para arreglarles el peinado, lo que aceptaron. Mientras las peinaba, ellas le decían:

—Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?

—Ay, señoritas, os estáis burlando, eso no es cosa para mí.

—Tienes razón, se reirían bastante si vieran a un Culocenizón entrar al baile.

Otra que no fuera Cenicienta les habría arreglado mal los cabellos, pero ella era buena y las peinó con toda perfección.

Tan contentas estaban que pasaron cerca de dos días sin comer. Más de doce cordones rompieron a fuerza de apretarlos para que el talle se les viera más fino, y se lo pasaban delante del espejo.

Finalmente, llegó el día feliz; partieron y Cenicienta las siguió con los ojos y cuando las perdió de vista se puso a llorar. Su madrina, que la vio anegada en lágrimas, le preguntó qué le pasaba.

—Me gustaría... me gustaría...

Lloraba tanto que no pudo terminar. Su madrina, que era un hada, le dijo:

—Te gustaría ir al baile, ¿no es cierto?

—¡Ay, sí! —dijo Cenicienta suspirando.

—Bueno, te portarás bien —dijo su madrina—, ¡y yo te haré ir!

La llevó a su cuarto y le dijo:

—Ve al jardín y tráeme una calabaza.

Cenicienta fue en el acto a coger la mejor que encontró y la llevó a su madrina, sin poder adivinar cómo esta calabaza podría hacerla ir al baile. Su madrina la vació y, dejándole solamente la cáscara, la tocó con su varita mágica e instantáneamente la calabaza se convirtió en un bello carruaje todo dorado.

Enseguida miró dentro de la ratonera donde encontró seis ratas vivas. Le dijo a Cenicienta que levantara un poco la puerta de la trampa, y a cada rata que salía le daba un golpe con la varita, y la rata quedaba automáticamente transformada en un brioso caballo; esto hizo un tiro de seis caballos de un hermoso color gris ratón. Como no encontraba con qué hacer un cochero:

—Voy a ver —dijo Cenicienta— si hay algún ratón en la trampa, para hacer un cochero.

—Tienes razón —dijo su madrina—, mira a ver.

Cenicienta le llevó la trampa donde había tres ratones gordos. El hada eligió uno por su imponente barba y, habiéndolo tocado, quedó convertido en un cochero gordo con un precioso bigote. Enseguida, ella le dijo:

—Baja al jardín. Encontrarás seis lagartos detrás de la regadera; tráemelos.

Tan pronto los trajo, la madrina los trocó en seis lacayos que se subieron enseguida a la parte posterior del carruaje, con sus trajes galoneados, sujetándose a él como si en su vida no hubieran hecho otra cosa. El hada dijo entonces a Cenicienta:

—Bueno, aquí tienes para ir al baile, ¿no estás bien engalanada?

—Es cierto, pero ¿podré ir así, con estos vestidos tan feos?

Su madrina no hizo más que tocarla con su varita, y al momento sus ropas se cambiaron en magníficos vestidos de paño de oro y plata, todos recamados con pedrerías; luego le dio un par de zapatos de cristal, los más preciosos del mundo.

Una vez ataviada de este modo, Cenicienta subió al carruaje; pero su madrina le recomendó sobre todo que regresara antes de la medianoche, advirtiéndole que si se quedaba en el baile un minuto más, su carroza volvería a convertirse en calabaza, sus caballos en ratas, sus lacayos en lagartos, y que sus viejos vestidos recuperarían su forma primitiva. Ella prometió a su madrina que saldría del baile antes de la medianoche. Partió, repleta de felicidad.

El hijo del rey, a quien le avisaron que acababa de llegar una gran princesa que nadie conocía, corrió a recibirla; le dio la mano al bajar del carruaje y la llevó al salón donde estaban los comensales. Entonces se hizo un gran silencio: el baile cesó y los violines dejaron de tocar, tan absortos estaban todos contemplando la gran belleza de esta desconocida. Sólo se oía un confuso rumor:

—¡Ah, qué hermosa es!

El mismo rey, siendo viejo, no dejaba de mirarla y de decir por lo bajo a la reina que, desde hacía mucho tiempo, no veía una persona tan bella y graciosa. Todas las damas observaban con atención su peinado y sus vestidos, para tener al día siguiente otros semejantes, siempre que existieran telas igualmente bellas y manos tan diestras para confeccionarlos. El hijo del rey la colocó en el sitio de honor y enseguida la condujo al salón para bailar con ella. Bailó con tanta gracia que fue un motivo más de admiración.

Trajeron exquisitos manjares que el príncipe no probó, ocupado como estaba en observarla. Ella fue a sentarse al lado de sus hermanas y les hizo mil atenciones; compartió con ellas los limones y naranjas con los que el príncipe la había obsequiado, lo que las sorprendió mucho, pues no la conocían. Charlando así estaban, cuando Cenicienta oyó dar las once y tres cuartos; hizo al momento una gran reverenda a los asistentes y se fue a toda prisa.

Apenas hubo llegado a casa, fue a buscar a su madrina y después de darle las gracias, le dijo que desearía mucho ir al baile al día siguiente porque el príncipe se lo había pedido. Cuando le estaba contando a su madrina todo lo que había sucedido en el baile, las dos hermanas golpearon a su puerta. Cenicienta fue a abrir.

—¡Cuánto habéis tardado en volver! —les dijo bostezando, frotándose los ojos y estirándose como si acabara de despertar; sin embargo no había tenido ganas de dormir desde que se separaron.

—Si hubieras ido al baile —le dijo una de las hermanas—, no te habrías aburrido; asistió la más bella princesa, la más hermosa que jamás se ha visto; nos hizo mil atenciones, nos dio naranjas y limones.

Cenicienta estaba radiante de alegría. Les preguntó el nombre de esta princesa, pero contestaron que nadie la conocía, que el hijo del rey no se conformaba y que daría todo en el mundo por saber quién era. Cenicienta sonrió y les dijo:

—¿Era entonces muy hermosa? Dios mío, felices vosotras, ¿no podría verla yo? Ay, señorita Javotte, prestadme el vestido amarillo que usáis todos los días.

—Verdaderamente —dijo la señorita Javotte—, ¡no faltaba más! Prestarle mi vestido a tan feo Culocenizón... ¡Tendría que estar loca!

Cenicienta esperaba esta negativa, y se alegró, pues se habría sentido bastante confundida si su hermana hubiese querido prestarle el vestido.

Al día siguiente, las dos hermanas fueron al baile, y Cenicienta también, pero aún más ricamente ataviada que la primera vez. El hijo del rey estuvo constantemente a su lado y diciéndole cosas agradables; nada aburrida estaba la joven damisela y olvidó la recomendación de su madrina, de modo que oyó tocar la primera campanada de medianoche cuando creía que no eran ni las once. Se levantó y salió corriendo, ligera como una gacela. El príncipe la siguió, pero no pudo alcanzarla; sin embargo, ella había perdido uno de sus zapatos de cristal que el príncipe recogió con todo cuidado.

Cenicienta llegó a casa sofocada, sin carroza, sin lacayos, con sus viejos vestidos, pues no le había quedado de toda su magnificencia sino uno de sus zapatos, igual al que se le había caído.

Preguntaron a los porteros del palacio si habían visto salir a una princesa; dijeron que no habían visto salir a nadie, salvo una muchacha muy mal vestida que tenía más aspecto de aldeana que de señorita.

Cuando sus dos hermanas regresaron del baile, Cenicienta les preguntó si esta vez también se habían divertido y si había ido la hermosa dama. Dijeron que sí, pero que había salido escapada al dar las doce, y tan rápidamente que había dejado caer uno de sus zapatos de cristal, el más bonito del mundo; que el hijo del rey lo había recogido dedicándose a contemplarlo durante todo el resto del baile, y que sin duda estaba muy enamorado de la bella personita dueña del zapato. Y era verdad, pues a los pocos días el hijo del rey hizo proclamar al son de trompetas que se casaría con la persona cuyo pie se ajustara al zapato.

Empezaron probándoselo a las princesas, enseguida a las duquesas, y a toda la corte, pero inútilmente. Lo llevaron donde las dos hermanas, las que hicieron todo lo posible para que su pie cupiera en el zapato, pero no pudieron. Cenicienta, que las estaba mirando, y que reconoció que era el suyo, dijo riendo:

—¿Puedo probar si a mí me calza?

Sus hermanas se pusieron a reír y a burlarse de ella. El gentilhombre que probaba el zapato, habiendo mirado atentamente a Cenicienta y encontrándola muy linda, dijo que era lo justo, y que él tenía orden de probarlo con todas las jóvenes. Hizo sentarse a Cenicienta y acercando el zapato a su piececito, vio que encajaba sin esfuerzo y que estaba hecho a su medida.

Grande fue el asombro de las dos hermanas, pero más grande aún cuando Cenicienta sacó de su bolsillo el otro zapato y se lo puso. En esto llegó la madrina que, habiendo tocado con su varita los vestidos de Cenicienta, los volvió más deslumbrantes aún que los anteriores.

Entonces las dos hermanas la reconocieron como la persona que habían visto en el baile. Se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos que le habían infligido. Cenicienta las hizo levantarse y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y les rogó que siempre la quisieran.

Fue conducida ante el joven príncipe, vestida como estaba. Él la encontró más bella que nunca, y pocos días después se casaron. Cenicienta, que era tan buena como hermosa, hizo llevar a sus hermanas a morar en el palacio y las casó enseguida con dos grandes señores de la corte.



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La sirenita - Andersen


Teniendo en cuenta vuestra petición de que continúe ampliando la sección de Cine y literatura, aprovecho el estreno de El origen de la sirenita para traeros un nuevo caso muy conocido en el que el cine encuentra inspiración en la literatura.


Ciertamente, la historia original de Hans Christian Andersen tiene un final diferente a la primera adaptación de Disney de La sirenita. Uno y otro tienen su atractivo por el sentimiento distinto que dejan, pero realmente prefiero como termina en la película. Es menos triste... ¿Qué pensais vosotr@s?

LA SIRENITA - Hans Christian Andersen


En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.

La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.

La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.

—¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!

—Todavía eres demasiado joven —respondió la abuela—. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.

La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.

Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.

—¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!

Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El Sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.

—¡Qué hermoso es todo! —exclamó feliz, dando palmadas.

Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. «¡Cómo me gustaría hablar con ellos!», pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: «¡Jamás seré como ellos!».

A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: «¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!». La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.

La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta enseguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.

—¡Cuidado! ¡El mar...! —en vano la Sirenita gritó y gritó.

Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.

El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.

Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.

—¡Corran! ¡Corran! —gritaba una dama de forma atolondrada—. ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...

La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.

—¡Gracias por haberme salvado! —le susurró a la bella desconocida.

La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.

Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!

Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.

Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.

—¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo, sentirás un terrible dolor.

—¡No me importa —respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos— a condición de que pueda volver con él!

—¡No he terminado todavía! —dijo la vieja—. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.

—¡Acepto! —dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.

Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.

—No temas —le dijo de repente—. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?

Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.

—Te llevaré al castillo y te curaré.

Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio a poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.

Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con La Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, La Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.

Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de La Sirenita.

La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.


Al caer la noche, La Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:

—¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.

Como en un sueño, La Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.

Cuando el Sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, La Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:

—¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!

—¿Quiénes son? —murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz—. ¿Dónde están?

—Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.

La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:

—¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres —le decían.

—¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! —le dijeron.

Y La Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.

Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y enseguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.



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JUEGO DE LA SIRENITA:
(empareja cada personaje con su doble)





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El libro de la selva (Mowgli)

El siglo XIX tuvo una importancia crucial para la literatura, y aunque al principio no fuera consciente de ello, también la tuvo —y la tiene— para que sintiera la llamada de las letras, en su sentido más amplio. En este período surgió el romanticismo, mi corriente artística preferida, y también gran parte de las obras que leí en la adolescencia y que marcaron mi infancia. Así que, para mí, la década de los ochenta está íntimamente ligada con el siglo XIX. De niño, aunque me lo hubieran dicho, jamás lo hubiera creído, pero es cierto.

A las entradas anteriores se suma otro ejemplo, El libro de las tierras vírgenes o, como es más conocido, El libro de la selva de Rudyard Kipling. De nuevo fue la televisión, con la serie de Mowgli, la que me acercó a esta obra que podéis descargar aquí en pdf, de una de las páginas de los scouts, los Scout Marinos. ¿Los boy-scouts? Sí, fue un amigo de Kipling, Robert Baden-Powell, quien fundó el movimiento, y El libro de la selva, por los valores intrínsecos que se desprenden de él además del entorno exótico que lo caracterizan, fue y es libro de referencia para los scouts más pequeños, los lobatos.




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La vuelta al mundo de Willy Fog

Otro gran clásico de la literatura juvenil, La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne, fue llevado al cine también en varias ocasiones, pero nuevamente es una nueva coproducción española y japonesa la que acude a mi memoria, La vuelta al mundo de Willy Fog.

El exotismo de los ambientes, las diferentes culturas, el viaje —como dice la canción: «en barco, en elefante, en tren...» desde Londres pasando por Suez, Bombay, Calcuta, Hong Kong, Yokohama, San Francisco y Nueva York— a contrareloj y lleno de aventuras, hacen tanto al libro como a su adaptación televisiva inolvidables. Para el recuerdo, aquí queda la introducción musical de la serie, y para los que deseeis leer el libro, podéis hacerlo en Wikisource. Varían los nombres, pero en nada la intesidad y emociones que transmiten.




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D'Artacan y los tres mosqueperros

Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas ha sido llevada al cine en seis ocasiones, la primera en 1921 y la última en 1993 (considerando que La máscara de hierro no entra en el cómputo por ser una versión). Pero en los ochenta, una coproducción española y japonesa permitió hacer una adaptación infantil que supongo que todos los que éramos niños por entonces en España —y no sé si también en Japón— recordamos: D'Artacan y los tres mosqueperros.

Y como ésta, en los ochenta, hubo más series exitosas basadas en grandes novelas. ¿Tanto han cambiado las cosas para que ahora ya no tengan cabida nuevas adaptaciones en los formatos televisivos? Si es así, me pregunto por qué... y no encuentro respuesta. Para quienes no hayáis leído todavía el libro, si queréis podéis hacerlo en Wikisource. Por cierto, al hilo de escribir esta entrada he releído ahí el primer capítulo, y al igual que la primera lectura que hice de él en la adolescencia, me recordó la misma clave de humor sutil presente en la serie. Supongo que esto también lo supieron captar muy bien los guionistas. En fin, una gran serie, una gran idea y un gran trabajo.




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Blancanieves y los siete enanitos - Hermanos Grimm

Las adaptaciones de cuentos clásicos al cine son muchas. Sin duda, la que más recuerdo es Blancanieves y los siete enanitos —el primer largometraje animado producido por Walt Disney, inspirado en el cuento de los Hermanos Grimm— pero hay muchas más. La sirenita de Andersen, o La cenicienta de Perrault son sólo dos nuevos ejemplos de una larga lista.

Y es que los cuentos son el principal motor de la lectura, la imaginación y la fantasía, además de que recogen esa maravillosa tradición oral que se ha perpetuado hasta hoy día, cuando los padres les cuentan estas inolvidables historias a sus hijos antes de dormirse. Sería una lástima que esta costumbre se perdiera, no sólo por la magia que entraña, sino también por los recuerdos que se mantienen de la infancia y del refuerzo de los vínculos afectivos que supone. Pero aunque así fuera, los cuentos siempre seguirán siendo leídos y recordados. El día en el que se olviden, entonces sí que se podrá decir que la pervivencia de la literatura está en peligro.


BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANITOS - Hermanos Grimm


Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas.
La reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo, y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: «¡Ah, si pudiese tener una hija que fuese blanca como nieve, roja como sangre y negra como el ébano de esta ventana!». No mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina.
Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía soportar que nadie la aventajase en hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Y el espejo le contestaba, invariablemente:

«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país».

La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad.
Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día. Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina. Al preguntar ésta un día al espejo:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

respondió el espejo:

«Señora Reina, vos sois como una estrella,
pero Blancanieves es mil veces más bella».

La Reina se espantó, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía revolvérsele el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo, de día ni de noche.
Finalmente, llamó un día a un montero y le dijo:
—Llévate a la niña al bosque, no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado.
Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, ésta se echó a llorar:
—¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! —suplicaba—. Me quedaré en el bosque y jamás volveré a palacio.
Y era tan hermosa que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:
—¡Márchate, pues, pobrecilla! —y pensó—: No tardarán las fieras en devorarte.
Y, sin embargo, le pareció como si se le quitase una piedra del corazón al no tener que matarla. Y como acertara a pasar por allí un jabatillo, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato. La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves.

La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado sin causarle el menor daño. Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar.

Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo.
Había una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platitos y siete vasitos; y al lado de cada platito había su cucharilla, su cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la pared se veían siete camitas, con sábanas de inmaculada blancura.
Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquitín de legumbres y un bocadito de pan de cada platito, y bebió una gota de vino de cada copita, pues no quería tomarlo todo de uno solo. Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino bien; se acostó en ella, se encomendó a Dios y quedó dormida.
Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado en ella, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al marcharse.


Dijo el primero:
—¿Quién se sentó en mi sillita?
El segundo:
—¿Quién ha comido de mi platito?
El tercero:
—¿Quién ha cortado un poco de mi pan?
El cuarto:
—¿Quién ha comido de mi verdurita?
El quinto:
—¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito?
El sexto:
—¿Quién ha cortado con mi cuchillito?
Y el séptimo:
—¿Quién ha bebido de mi vasito?
Luego el primero, dándose una vuelta por la habitación, viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:
—¿Quién se ha subido en mi camita?
Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos:
—¡Alguien estuvo echado en la mía!
Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves, dormida en ella. Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña.
—¡Oh, Dios mío; oh, Dios mío! —decían—; ¡qué criatura más hermosa!
Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla y dejar que siguiera durmiendo en la camita. El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la noche.
Al clarear el día se despertó Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:
—¿Cómo te llamas?
—Me llamo Blancanieves —respondió ella.
—¿Y cómo llegaste a nuestra casa? —siguieron preguntando los hombrecillos.
Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo todo el día, hasta que, al atardecer, encontró la casita.
Dijeron los enanos:
—¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará.
—¡Sí! —exclamó Blancanieves—. Con mucho gusto —y se quedó con ellos.


A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos salían a la montaña en busca de mineral y oro, y al regresar por la tarde, encontraban la comida preparada. Durante el día, la niña se quedaba sola, y los buenos enanitos le advirtieron:
—Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes entrar a nadie!
La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves, vivía segura de volver a ser la primera en belleza. Acercose un día al espejo y le preguntó:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Y respondió el espejo:

«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella,
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella».

La Reina se sobresaltó, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces otra manera de deshacerse de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaba reposar. Finalmente, ideó un medio. Se tiznó la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida. Así disfrazada, se dirigió a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó:
—¡Vendo cosas buenas y bonitas!
Blancanieves se asomó a la ventana y le dijo:
—¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traéis para vender?
—Cosas finas, cosas finas —respondió la Reina—. Lazos de todos los colores —y sacó uno trenzado, de seda multicolor.
«Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer», pensó Blancanieves, y, abriendo la puerta, compró el primoroso lacito.
—¡Qué linda eres, niña! —exclamó la vieja—. Ven, que yo misma te pondré el lazo.
Blancanieves, sin sospechar nada, se puso delante de la vendedora para que le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y cayó como muerta.
—¡Ahora ya no eres la más hermosa! —dijo la madrastra, y se alejó precipitadamente.
Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los sietes enanos. Imaginad su susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta. Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí. Al oír los enanos lo que había sucedido, le dijeron:
—La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie, mientras nosotros estemos ausentes.
La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Y respondió el espejo, como la vez anterior:

«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella».

Al oírlo, del despecho toda la sangre le afluyó al corazón, pues vio que Blancanieves continuaba viviendo. «Esta vez —se dijo— idearé una treta de la que no te escaparás», y valiéndose de las artes diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado. Luego volvió a disfrazarse, adoptando también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos.
—¡Buena mercancía para vender! —gritó.
Blancanieves, asomándose a la ventana, le dijo:
—Seguid vuestro camino, que no puedo abrir a nadie.
—¡Al menos podrás mirar lo que traigo! —dijo la vieja y, sacando el peine, lo levantó en el aire. Le gustó tanto el peine a la niña, que olvidándose de todas las advertencias, abrió la puerta.
Cuando se hubieron puesto de acuerdo sobre el precio dijo la vieja:
—Ven que te peine como Dios manda.
La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó insensible.
—¡Dechado de belleza —exclamó la malvada bruja—, ahora sí que estás lista! —y se marchó.
Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, enseguida sospecharon de la madrastra y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Se lo quitaron y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo ocurrido. Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la puerta a nadie.
La Reina, de nuevo en palacio, fue directamente a su espejo:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Y, como las veces anteriores, respondió el espejo:

«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella».

Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso a temblar de rabia.
—¡Blancanieves morirá —gritó—, aunque me haya de costar a mí la vida!
Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado significaba la muerte segura. Cuando tuvo preparada la manzana, se pintó nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las siete montañas, a la casa de los siete enanos.
Llamó a la puerta. Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo:
—No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.
—Como quieras —respondió la campesina—. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te regalo una.
—No —contestó la niña—, no puedo aceptar nada.
—¿Temes acaso que te envenene? —dijo la vieja—. Fíjate, corto la manzana en dos mitades: tú te comes la parte roja, y yo, la blanca.
La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, no pudo ya resistir. Alargó la mano y cogió la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó en el suelo, muerta. La Reina la contempló con una mirada de rencor, y, echándose a reír, dijo:
—¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los enanos.
Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Le respondió el espejo, al fin:

«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país»

Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pueda aquietarse.
Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta. La colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron:
—No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra —mandaron fabricar una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos lados. La colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: «Princesa Blancanieves». Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí haciéndole vela. Y hasta los animales acudieron a llorar a Blancanieves: primero, una lechuza; luego, un cuervo y, finalmente, una palomita.
Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano.
Sucedió, empero, que un príncipe que se había metido en el bosque, se dirigió a la casa de los enanitos para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro. Dijo entonces a los enanos:
—Dadme el ataúd. Os pagaré por él lo que me pidáis.
Pero los enanos contestaron:
—Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos.
—En tal caso, regaládmelo —propuso el príncipe—, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.
Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro. El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó del cuello de Blancanieves el bocado de la manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y recobró la vida.
Levantó la tapa del ataúd, se incorporó y dijo:
—¡Dios Santo!, ¿dónde estoy?
Y el príncipe le respondió, loco de alegría:
—Estás conmigo —y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo:
—Te quiero más que a nadie en el mundo. Vente al castillo de mi padre y serás mi esposa.
Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde enseguida se dispuso la boda, que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor. A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Y respondió el espejo:

«Señora Reina, vos sois como una estrella,
pero la reina joven es mil veces más bella».

La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda, pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina. Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se quedó clavada en el suelo, sin poder moverse. Pero habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Cogiéndolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta.



DIBUJOS PARA COLOREAR:

Más dibujos de Blancanieves en:
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