Heidi

Supongo que a nadie —al menos de mi generación— le será ajena tampoco esta serie, Heidi, basada en los libros infantiles de Johanna Spyri. Quizá lo más emotivo que recuerdo de ella es la pugna del abuelo por resistirse a amar de nuevo para no volver a sufrir, y después de haberse rendido al cariño de la niña, Heidi le es arrebatada.

Sin embargo, es en realidad por una reflexión por la que también quiero destacarla. Hace unos días vi en televisión una entrevista que le hicieron a una anciana campesina a cuyo hijo —que vivía con ella— le habían tocado unos cuantos millones de euros. En su casa, entre sus animales, le preguntaba una periodista:

—¿Y qué pensó al verse con tanto dinero?
—Que era mucho para nosotros.
—Pero ahora podrá comprarse muchas cosas. Joyas, viajar en limusina…
—¿Joyas? —y se rió con ternura—. No, no, no quiero joyas.
—Pues podrá cambiar esa puerta —refiriéndose a la puerta medio oxidada que cerraba el muro exterior.
—No, no, tampoco.
—¿Entonces qué va a hacer? ¿Seguir como hasta ahora?
—Sí, cuidando de mis animales.

Entonces pensé: «Ya era rica antes de que le tocara la lotería». Hablaba del dinero y del premio como si fueran simplemente un regalo que le hacía mucha ilusión, pero sin valor tangible. La pregunta es: «¿Por qué?».

Supongo que toda época tiene sus pros y sus contras, pero quizá la nuestra, la de hoy en día, siendo aparentemente la más pacífica, es la más violenta y confusa de todas. Pocos saben lo que realmente quieren, aún menos son los que se paran a pensarlo, y por encima de todo flotan dos verbos que se identifican con la felicidad: «Comprar» y «Tener». Es imposible a través únicamente de esto alcanzarla y, sin embargo, la sociedad de consumo las exalta como la verdadera fuente. Por eso Heidi me hace reflexionar. Al igual que sucede con la historia de la anciana, en aquellos campos de las montañas, el dinero y las posesiones carecían de valor. Era un mundo sencillo, sin grandes preocupaciones por el futuro porque todo lo que necesitaban lo obtenían de la tierra y de los animales que cuidaban. Y, aun así, no era un mundo triste, sino todo lo contrario.

¿Con esto quiero decir que, para ser felices, todos deberíamos renunciar al dinero y ser campesinos? No, lo que quiero decir es que, en vez de preocuparnos tanto por lo que deseamos tener, deberíamos hacerlo sobre lo que queremos ser, y disfrutar de una vida acorde con ello. Pienso que ésta es la verdadera clave del éxito, y la única capaz de darnos lo que todos queremos: la felicidad.

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